Scream: The TV Series [T1]


O cómo hacerlo mal. Pero mal, mal, mal.


Terminamos («¡Por fin!», dirán algunos, sobre todo mis sufridos seguidores de Twitter) con el Ciclo Scream en este blog. Y lo terminamos hablando de la primera temporada de Scream: The TV Series, el prometedor salto a la pequeña pantalla de esta franquicia que tantas alegrías nos ha dado en el cine.

Se estrenó hace relativamente poco, en MTV, el día 30 de junio. Ni más ni menos que el día de mi cumpleaños. Resulta bonito, en cierto modo, ya que esta saga siempre ha sido algo especial para mí, y el hecho de que decidieran estrenar la serie justamente ese día le aportó un valor añadido. Fue, a efectos prácticos, como un regalo más para mí.

Pero como éste no es el momento de ponerme sentimental ni quiero alargarme (aún) más de la cuenta, procedo con la crítica:

¿Por dónde nos habíamos quedado? Ah, ya. Después de una primera entrega que revitalizó el género, una secuela mucho más que digna, un final de trilogía un poquito irregular y un regreso inesperado por todo lo alto, nos llega...

Nos llega esta puta mierda.

No, en serio, pero PUTA MIERDA, ¿eh?

Han pasado, en realidad, varios meses desde que vi el último episodio de esta serie y, a día de hoy, por más vueltas que le sigo dando, no encuentro ni una sola cualidad redentora para este pedazo de zurullo que me comí enterito y a palo seco. Zurullo que, como si no fuera lo suficientemente grande y hediondo por sí mismo, tiene además garantizada una segunda temporada que a estas alturas ya debe de estar en plena producción.

Poco o nada me sorprende, eso sí, saber que la cadena no tardó mucho en despedir a los responsables de esta primera tanda de episodios y que ya han contratado a nuevos showrunners para hacerse cargo de la segunda. Y, de verdad, no es por ser mala persona pero casi que me alegro. En cualquier caso, hoy vamos a centrarnos en el daño que ya está hecho y no en el que está por venir.

Porque, sinceramente, esta serie ha hecho mucho daño. De entrada, ya empieza mal. La primera escena del episodio piloto intenta emular sin demasiado acierto el opening de la primera película, pero a nivel low-cost y sustituyendo las referencias cinematográficas por enorme presencia de redes sociales y la llamada telefónica por un chat vía smartphone.

Mala idea, ya de por sí, intentar emular una escena de este calibre porque todo el mundo la tiene grabada en su retina. Más aún cuando tus intenciones no son las de aplicarle ningún tipo de distancia irónica o sentido de la autoparodia —como sí hacía Scream 4—, sino tomártelo completamente en serio. Y es mala idea, porque entonces tienes que conseguir recrear la intensidad y la tensión del referente original.

Aquí, ni lo intentan.

El primer asesinato de la serie no sólo resulta tremendamente descafeinado y carente de emoción alguna, sino que además, para darle el toque de gracia, termina con la revelación de cuál va a ser la máscara del Ghostface televisivo...



Madre mía de la virgen puta.

«¿Pero esto qué puta mierda es?», se estará preguntando el lector. Pues, os lo creáis o no, lo que es... es sólo la puntita del mojón que os estáis a puntito de zampar.

La versión oficial de los responsables de esta basura es que querían alejarse lo más posible de las películas con la intención de ofrecer un universo propio e independiente que esté ligeramente inspirado en la saga original pero que no esté ligado argumentalmente a ésta. Según los hermanos Weinstein, si los espectadores de la serie vieran la máscara original de las películas, se preguntarían también dónde están los otros personajes como Sidney, Gale o Dewey y se sentirían confusos.

Pero no debo de ser el único al que eso le parece una gilipollez. A nivel empresarial es pegarse un tiro directamente en el pie. ¿Para qué vas a hacer una serie de Scream si vas a renunciar al elemento más distintivo e icónico de la saga? Mi teoría es que ni la MTV estaba muy por la labor de pagar los derechos de autor de la máscara ni los Weinstein querían que se relacionara demasiado esta serie con la franquicia cinematográfica porque se olían la mierda a kilómetros.

Y es que el sello MTV se nota en algo más que en el molesto Shazam automático que aparece en pantalla cada vez que suena una canción de fondo (sí, incluso durante un asesinato).

Para empezar, resulta dolorosamente obvio que todos los miembros del reparto han sido escogido única y exclusivamente por ser guapos —en serio, hasta los supuestos frikis parecen estar a punto de desfilar en Cibelesy ninguno, absolutamente ninguno, tiene una mísera cualidad interpretativa. En realidad no importa demasiado, puedes ser mal actor pero compensarlo con cierto carisma, pero no hace falta que os confirme que son todos más planos que una tabla de planchar. Y estamos hablando de los intérpretes en sí, porque si nos centramos en los personajes a nivel de guión, podemos echarnos las manos a la cabeza.

Partimos ya de que la protagonista, Emma, no sólo es más sosa que un Calippo de Font Vella —la gente se quejaba de que Sidney Prescott era el personaje menos interesante y más aburrido de la saga original, ¡pues esperad a ver a Emma! ¡Os vais a cagar de arriba a abajo!, sino que además es la cosa más absurdamente imbécil que me he podido echar a la cara. De verdad. Los guionistas se empeñan en hacerle tomar unas decisiones tan estúpidas e irracionales que hasta la víctima más subnormal de Viernes 13 se las pensaría dos veces.

Y me he quejado de lo mal que actúan los jovenzuelos buenorros, sí, pero en cuanto a interpretación bochornosa quien se lleva la palma es Tracy Middendorf en el papel de Maggie, la madre de Emma. No os exagero, es la peor actriz que he visto en toda mi puta vida. Parece recién sacada de una escena de The Room.



El anticarisma: The TV Series

Pese a todo, el gran problema de esta serie no es de guión, ni de reparto, ni de la máscara. Es de enfoque. Se hace llamar Scream, pero en realidad es un culebrón adolescente el 90% del tiempo. Quiere ser algo nuevo y distanciarse de la saga original, pero termina copiando punto por punto todo su esquema argumental. Pretende ser irónica y reírse de los clichés de las películas de terror, pero termina cayendo en todos y cada uno de los errores que critica

Todo lo que en la original eran guiños sutiles o referencias bien traídas, aquí se reduce a la presencia de otro pseudo-Randy —y éste, a diferencia del de Scream 4, sí que cae mal— con un toquecito de Sheldon Cooper y cuyo papel se limita a decir cada dos por tres cosas a lo «Jejé, ¡como en La Matanza de Texas!» o «Hey, ¿habéis visto Motel Bates?» e intentar ser un alivio cómico sin gracia alguna. El muy cabrón quiere ir de Abed Nadir, pero termina siendo Jar Jar Binks.

Tampoco ayuda demasiado la idea de convertir a Ghostface en una especie de Jason Voorhees —no, en serio, con lago incluido—, dotándole de un trasfondo con aires de leyenda urbana sobrenatural. ¡Con lo bien que salió aquello en Scream 3! Aunque aquí hay que darle cierto crédito a los guionistas, por lo menos no se han inspirado en Sé lo que hicisteis el último verano 3. Podría haber sido mucho peor.

«Pero bueno, esto es Scream al fin y al cabo, ¿no? Joder, vale, los actores son una mierda. El guión es una mierda. El diseño del asesino es una mierda… Pero esto es un slasher y habrá asesinatos, ¿no? Si los personajes son tan infumables al menos nos veremos recompensados con sus gloriosas y sanguinolentas muertes, ¿verdad?». Pues mire usted por dónde, señor lector, que tampoco. Sí, sí, no me mire con esa cara. Me sabe peor a mí que a usted.

Pongamos que de los 40 minutos que dura cada episodio, 35 están dedicados a lo que vendría siendo el típico dramita adolescente de MTV, con su buena dosis de triángulos amorosos y sus «¡Es que mis padres no me entienden!» de rigor, y que después los 5 minutos restantes es cuando se acuerdan de que esto tenía que ser una serie de terror en la que hay que matar a gente de vez en cuando y esas cosas.

Pero entre que los asesinatos son más flojos que la mierda de pavo —ni una sola persecución tensa, ni un solo susto decente, nada, sólo un par de escenas exageradamente gore que pretenden compensar pero lo único que hacen es desentonary que además brillan por su ausencia, la sensación de que nos están tomando el pelo va creciendo por momentos.

Lo peor es que, al final, llegas a la conclusión de que no sabes muy bien qué se supone que ha estado haciendo el asesino durante toda la serie. Porque matar, lo que se dice MATAR... no le ha dado por matar mucho. Da la sensación de que el cuchillo sólo lo ha estado utilizando para rascarse los huevazos con más brío.

Ya no me voy ni a quejar de que su plan sea totalmente absurdo y sus motivaciones no tengan sentido alguno. Eso me da igual, porque en cierto modo se veía venir. Ni siquiera me quejo de lo fácil que es descubrir su identidad, dolorosamente previsible desde el sexto episodio. No. Lo único que me molesta realmente es que, cuando me planteo qué pasaría si en algún momento de la serie lo detuviera la policía, más que meterlo en la cárcel quizá sólo le harían pasar una nochecita en el calabozo para que reflexionase sobre lo que ha hecho y luego lo mandarían de vuelta a su casa.

El número de cadáveres en esta serie es tan bajo que en 10 capítulos de 40 minutos se cepillan a menos gente que en Scream 4 en hora y media. Y donde se hace más evidente este problema es en el capítulo final, en el cual no ocurre absolutamente nada relevante más allá de la previsible caza del asesino. Y eso sí que no puede ser.




Mi cara viendo el último episodio.

Una Scream sin un clímax final a la altura no merece ser llamada por ese nombre. Y punto. Incluso Scream 3, dentro de su insana desmesura, lo entendía perfectamente. Pero en el último episodio, el supuesto gran final de temporada, no tiene ni los giros argumentales, ni las muertes ni el humor cafre que caracterizan a los últimos actos de esta saga. Y lo peor es que la intención de hacer algo realmente grande está ahí, puede percibirse, pero se queda coja en todo lo que propone. Y sin darse demasiada cuenta de ello.

Me revienta sobremanera esa sensación de que sus guionistas creen fervientemente ser las personas más ingeniosas del planeta, que están creando la sátira definitiva sobre el género, que nadie nunca podrá ver venir sus maravillosos giros argumentales y que están haciendo un producto súper redondo y trascendental. Un antes y un después. Un huracán de sensaciones pop. Algo nuevo, diferente y muy moderno.

Pero no, en realidad sólo nos están tomando por gilipollas. Sean conscientes de ello o no. Os pongo un ejemplo práctico intentando no destripar demasiado. 

Una cosa es que cierto personaje deje caer mediante diálogo un dato súper revelador al que seguramente no le prestes demasiada atención en su momento pero que luego tenga una importancia vital en el devenir de los acontecimientos. Es un recurso perfectamente válido y que puede provocar una sorpresa legítima si sabe disimularse bien. 

Lo malo es cuando, confiando muy poco en la inteligencia del espectador, decides repetir EXACTAMENTE EL MISMO DIÁLOGO EN CADA EPISODIO. Si no lo pillas a la primera, no te preocupes, a la séptima ya te habrás olido la tostada.

Lo que jode no es tanto el hecho de que se crean tan listos, sino que nos tomen tan por idiotas. Ocurre lo mismo en el cliffhanger con el que termina la primera temporada. Todos sabemos que es un farol y no le hemos dado importancia alguna, pero ellos se creen que nos han dejado con el ojete torcido y que no podremos dormir hasta que sepamos qué ha pasado. 

Menos mal, insisto, que ya los han despedido. Siendo optimistas, quizá los nuevos showrunners se carguen de un plumazo a todo el reparto desde el primer episodio y la serie consiga remontar reinventándose a sí misma por completo. No va a ocurrir, pero soñar es gratis.

Sí, sé que durante esta crítica he sido un poco injusto. Me he centrado más en lo que esta serie debería ser —comparándola con las películas, cuando nos han dicho por activa y por pasiva que la intención era ofrecer un producto totalmente nuevo—, en lugar de lo que realmente es. Pero es que si hubiera hecho esto último, habría bastado con una sola frase: es un festival de mierda sólo apto para doceañeros y/o coprófagos

Lo único que nos ofrece esta serie es un culebrón de amoríos y enredos adolescentes con algún que otro asesinato sin gracia muy de vez en cuando y que nunca, bajo ningún concepto, será el de algún personaje principal. 

Por lo tanto, si te gusta el cine de terror en general y los slashers en particular, lo mejor que puedes hacer es huir de esta serie como de la peste. Porque si no, de la hostia que te vas a pegar no te vas a recuperar hasta pasados ocho o nueve meses de intensa rehabilitación

Quizá el problema es que esto ya no vaya dirigido a nosotros, que ya no seamos el target nunca más. El relativo fracaso en taquilla de Scream 4 y el relativo éxito de audiencia de este engendro son señales suficientes para darse cuenta de que algo ha cambiado.

Nueva década. Nuevas reglas.

Puta vida, tete.






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