Scream Queens [T1]


Scream + Chicas Malas = La petardada definitiva.

Tengo que reconocerlo, no sé ni por dónde empezar con esta serie. De verdad que no. Así de jodido me ha dejado la experiencia. Por lo tanto, antes de entrar en materia, voy a intentar dejar claros varios conceptos.

El primero, Scream Queens es la petardada más grande que he visto en toda mi vida. En el mejor de los sentidos, sí, pero os garantizo que no hay nada parecido en televisión ahora mismo. Y en realidad eso es lo que más me jode. Esta serie es, punto por punto, lo que tendría que haber sido Scream: The TV Series, pero la MTV no tuvo los cojones —o el talento— para hacerlo.

El segundo, Scream Queens es una colección de personajes inolvidables, diálogos hilarantes y situaciones absurdas en las que todo vale y a nadie le parece mal. Es una serie cutre. Y lo sabe. Y lo goza.

El tercero, Scream Queens es la serie que me ha hecho perdonar a Ryan Murphy por sus otras dos creaciones: Glee y American Horror Story. Y eso son palabras mayores.

El cuarto y más importante, la mayor advertencia que me veo moralmente obligado a escribir, es que Scream Queens será muchas cosas, pero desde luego NO es una serie para todo el mundo. Quienes esperen una serie de terror convencional —o una serie de terror en general, ya que estamos— que sigan esperando porque aquí no hay nada que ver.

No creo que haya demasiados equívocos, en cualquier caso: la primera escena ya establece claramente el tono de lo que nos vamos a encontrar. Si después de los primeros cinco minutos del episodio piloto no se conecta en absoluto con la propuesta, lo mejor que se puede hacer es huir de esta serie como alma que lleva el diablo rojo, porque el esperpento no sólo va a ir en aumento sino que traerá consigo ingentes cantidades de vergüenza ajena.

Porque, por mucho que se alimente de los clichés de las películas de terror ochenteras en general y del slasher en particular, Scream Queens no forma parte del mismo género. Esto no es más que una comedia negra muy —pero que muy— pasada de vueltas que se nutre de dichos códigos para darles la vuelta y ridiculizarlos grotescamente.

Aquí lo de menos son los asesinatos y poco o nada nos interesa quién se esconde detrás del disfraz hortera que luce el asesino. Lo único que nos importa es ver hasta qué punto de mezquindad pueden llegar los personajes y cuán rematadamente mal van a ser capaces de tratarse entre ellos. Esta serie brilla realmente cuando deja que sus protagonistas den rienda suelta a sus instintos más hijoputescos y se vean envueltos en situaciones rocambolescas.

Toca hablar precisamente de los personajes, y es que esta serie pertenece única y exclusivamente a Emma Roberts y a su tremenda interpretación del personaje más vil, ruin y despreciable que me he podido echar a la cara en un producto de estas características: Chanel Oberlin. Pero sería muy injusto no destacar el enorme poderío robaescenas de Glen Powell, que con su Chad Radwell consigue protagonizar los momentos más gloriosos de toda esta primera temporada.

Es automático: si Chanel o Chad entran en una escena, y especialmente si la comparten, es totalmente imposible contener la risa floja. Dos intérpretes en estado de gracia combinado con un guión especialmente inspirado consiguen regalarnos escenas tan inolvidables como la cena del día de Acción de Gracias o el altercado con los Backstreet Boys.




No sé quién puede resistirse a esa carita.

Especialmente enorme también está una Jaime Lee Curtis con un papel que le viene como anillo al dedo y en el que se encuentra además en su salsa. Ya no es sólo por el caché que supone tener en plantilla a una verdadera scream queen, sino lo bien que consigue encajar en el conjunto. Al igual que Emma Roberts y Glen Powell, su mérito está en haber sabido construir a un personaje de esos a los que simplemente te encanta odiar

Lástima que su presencia sea algo más reducida de lo esperado —y deseado—, pero aunque se la eche de menos en algunos capítulos, al menos su presencia está bien aprovechada. 

Logran maquillar bastante bien su ausencia gracias a los múltiples personajes secundarios, cada uno más jodido que el anterior, una auténtica fauna definitivamente más terrorífica que el asesino que quiere darles caza. Al final lo más inexplicable de todo el asunto es que terminaremos cogiéndoles cariño irremediablemente a basuras humanas tan grandes como Chanel No. 5 (Abigail Breslin), Hester (Lea Michelle) o Chanel No. 3 (Billie Lourd).

En general, ésta no es una serie de personajes simpáticos con los que puedas sentirte identificado, sino más bien todo lo contrario. Pero esa es precisamente la gracia. Y aquí viene mi primera queja: cuando son los buenos los que llevan la voz cantante, el nivel cae en picadoSe entiende que, argumentalmente hablando, necesiten al menos un par de personajes un poco más cuerdos que sean la voz de la razón y ejerzan el papel de héroes de la función, pero ni Grace (Skyler Samuels) ni Zayday (Keke Palmer) consiguen despertar el mismo interés que los otros miembros del reparto

El único personaje relativamente majo que se salva de la quema sería Pete (Diego Boneta), algo más dinámico y divertido, pero al que se le dan muy pocos minutos para brillar con luz propia. El resto no pasan de correctos, aunque acertadamente no son el foco principal y suelen ser los hijos de puta quienes llevan el timón de esta ficción.

Huelga decir que, si bien es posible que el uso de ciertas caras conocidas del mundo del petardeo más infame a modo de reclamo publicitario pueda echar atrás a más de uno, lo cierto es que al final no sólo no molestan —debido en parte a su escasa presencia— sino que además vienen con el chip cambiado y saben integrarse perfectamente. Algunos, incluso, nos dejan escenas memorables que no pienso destripar pero no será por falta de ganas.

Eso sí, os entiendo. Si hace unos meses me llegan a decir que en un futuro valoraría tan positivamente una serie en la que salen Ariana Grande y Nick Jonas, se me habría caído el ojete al suelo. Las cosas como son.




Grace, de verdad, que no nos interesas tanto...


Básicamente, Scream Queens cuenta con dos problemas de gravedad variable según a quién le preguntes. El primero y más evidente es que tiene demasiados capítulos. No es una cuestión de ritmo, todo transcurre a una velocidad de vértigo y los 45 minutos que dura cada entrega vuelan. Además, en cada uno intentan que haya por lo menos alguna escena lo suficientemente divertida (o jodida) para justificar su visionado. Pero sí que da la sensación de que estaríamos hablando de una temporada mucho más redonda si en vez de 13 se hubiera recortado a 8 episodios. Los mejores momentos habrían quedado menos diluidos y la serie se habría perdido menos en sí misma.

Lo cual, precisamente, me lleva al segundo problema.

Cuando más se disfruta de Scream Queens es cuando abraza totalmente su condición de mamarrachada y se limita a plantear escenas absurdas una detrás de otra. Sin embargo, hay demasiado metraje expositivo en el que intentan dar explicación a su propia mitología, dándole demasiadas vueltas a un misterio en el que, al fin y al cabo, tampoco estamos tan involucrados para empezar porque ya asumimos que va a ser un sinsentido. Así, cuando el tono deja de ser tan cachondo y la trama decide tomarse un poco más en serio de lo normal, falla miserablemente. Son momentos aislados, en cualquier caso. El río no tarda en volver a su cauce. 

Es, de hecho, en su episodio final en el que por fin se desenreda toda la madeja y no decepciona haciéndolo de la forma más despollante posible. Lo más inteligente del tema es que es un episodio que se aleja por completo de lo que podríamos haber imaginado que sería en un principio. No es un clímax explosivo, no es una locura desatada. Es, sorprendentemente, una conclusión lógica en la que cada trama y cada personaje tiene la resolución más satisfactoria posible. Son, casi con total seguridad, los 45 minutos más divertidos, cínicos, negrunos y brillantes que se han emitido en abierto desde que la NBC canceló Community hace un par de años. Ojo ahí.

Y ya que menciono el tema, pese al enorme descalabro en audiencias, Scream Queens ha sido renovada para una segunda temporada. Si no lo hubiera conseguido tampoco habría sido una desgracia, ya que lo que nos han contado en estos 13 episodios ha sido una historia autoconclusiva que no deja apenas cabos sueltos. Tampoco me voy a quejar, siempre y cuando sean capaces de mantener el nivel y a Glen Powell en plantilla— una continuación resulta más que bienvenida.

En definitiva, si lo que buscáis es calmar vuestro mono de series como American Horror Story o Bates Motel, lo mejor es que ni os acerquéis a Scream Queens porque vais a salir escaldados. Pero si lo que queréis es una comedia negra y absurda hasta decir basta que retuerza y parodie todas las convenciones del slasher mezclándolo con una versión hipervitaminada y oscura de Chicas Malas, difícilmente encontraréis algo parecido. 

No es perfecta. No lo pretende. No lo necesita. Si en su día te quedaste frío con la serie de Scream, aquí tienes todo lo que esperabas de ella pero multiplicado por cuarenta y dos. Para bien o para mal.





PD: Y, por favor, no os perdáis su cabecera. Es una pequeña obra maestra en sí misma, aunque muy a mi pesar sólo haya sido utilizada en un episodio.



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