The Hateful Eight


¿Y tú? ¿Qué harías por una manta?


Llego tarde, ya lo sé. No hace falta que me lo recordéis.

A estas alturas todo el que haya querido dar su opinión sobre la última de Tarantino ya lo ha hecho. Pero yo no. ¿Y por qué no? Porque soy un pedante de mierda que —aunque ya la hubiera visto desde que se filtró en la red aquella copia piratorra y repugnante hace mes y medio— quería darse ínfulas de grandeza y decidió reservarse hasta poder ver la cinta como Dios manda. Esto es: en el cine y en Ultra Panavisión.

Como la única sala en toda España donde podía verse esta película tal y como la concibió su director era en los cines Phenomena, conseguir entradas a corto plazo para uno de sus pases se hizo prácticamente imposible. Tuve que comprar las entradas con casi un mes de antelación, pero finalmente mereció la pena cuando el domingo pasado pude, por fin, acudir a la célebre proyección original.

Y menuda mierda. Porque pese a haber llegado media hora antes, la sala ya estaba completamente llena para entonces. Y, como las entradas no estaban numeradas, terminé viendo la película en los laterales de la tercera fila. Me aventuraré a decir que ver una película ultrapanorámica de lado no es especialmente recomendable, ni a nivel cinematográfico ni a nivel de salud, porque han pasado más de 48 horas y sigo teniendo el cuello hecho una puta mierda.

Habiendo hecho ya el tonto, ¿ha cambiado en algo mi opinión sobre la película? Pues no, para qué nos vamos a engañar. The Hateful Eight es tremenda, ya sea en Ultra Panavision o en DVDRip. Pero la experiencia, por lo menos, es divertida y curiosa. Si tienes la suerte de pillar buen sitio, puedes deleitarte con la que probablemente sea la cinta mejor dirigida de Tarantino. Visualmente es una gozada, y en esta versión sus virtudes se acentúan todavía más con algunas cámaras lentas o imágenes de paisajes.

Y además hay pausa para cagar, que siempre se agradece.



Chorradas pretenciosas aparte, e intentando también olvidar por un segundo que aquí en España el título ha sido traducido como Los Odiosos Ocho —a mí que no me jodan, les costaba cero y nada titularla Los Ocho Odiosos, que al menos no suena como el puto culo—, me gustaría aprovechar esta ocasión para hablar de un concepto al que me gusta llamar hacer un Tarantino.

Contrariamente a todos los clichés que le podáis atribuir, no, hacer un Tarantino para mí no es meter con calzador cientos de referencias cinéfilas, canciones molonas sin venir a cuento, interminables diálogos sobre pollas y aliñarlo todo con fetichismo de pies y explosiones de violencia de vez en cuando. No. Eso es quedarse sólo en la superficie. Hacer un Tarantino es mucho más que todo eso.

Rodar una película que podría ser considerada perfectamente una obra maestra del cine, que indudablemente sería premiada en cualquier gala o festival que se precie, que le gustaría absolutamente a todo el mundo y que posiblemente marcaría un antes y un después en la cultura pop... pero auto-sabotearte constantemente en el proceso y terminar convirtiéndola en una broma muy pero que muy pesada para el espectador, el cual podría partirse el culo con la propuesta o sentirse tremendamente estafado según el caso. Eso es hacer un Tarantino.

Salvo algunas excepciones, si repasamos la filmografía de Quentin Tarantino nos encontramos con un puñado de peliculones que, por decisión propia del director, en cierto punto —normalmente, el muy cabrón suele escoger el momento perfecto, cuando la película está en su punto más álgido y ya ha tocado techo— parece que se aburran de sí mismos y les da por destrozar (para muchos, en el buen sentido) por completo todo lo que llevaban conseguido hasta el momento y, volantazo de guión mediante, cambiar el género de la película y/o desvelar sus verdaderas intenciones. 

Esto puede ser en una escena aislada (el gag del Ku Klux Klan en Django Desencadenado, el reloj en Pulp Fiction) o en algún giro absurdo de guión que condicione el tercer acto en su totalidad (Malditos Bastardos, Death Proof, y especialmente Antes del Amanecer, claramente dos películas en una). 

Hacer un Tarantino es como lo de dar un salto al tiburón, pero mil veces más bestia y por el culo.

Que ocurriera algo así era exactamente lo que esperaba en The Hateful Eight. Y es exactamente lo que me han terminado ofreciendo. No me quejo. Tarantino ha vuelto a poner sus derretidos cojones sobre la mesa y, si bien es posible que la jugada no le haya salido tan redonda como en otras ocasiones, este cruce entre Reservoir Dogs en el oeste con Agatha Christie está lleno de encantos.





Por lo menos hay que tener en consideración que esta vez ha ido de frente y The Hateful Eight se divide en dos partes claramente diferenciadas —intermedio mediante, en el caso de la versión extendida— en ritmo, tono y pretensiones.

La primera parte es un cebo para Oscar de manual. Todo funciona, nunca mejor dicho, como un tiro. La película se toma su tiempo, dejando que los diálogos carguen con todo el peso del relato. Nos deleitamos con las sublimes interpretaciones de Jennifer Jason Leigh (con un personaje que es un auténtico caramelo y que le ha valido, precisamente, una nominación a los Oscar), Samuel L. Jackson, Kurt Russel o un Walton Goggins que termina robándose la película casi sin pretenderlo. El resto de secundarios tampoco se quedan muy lejos, véanse los casos de Michael Madsen (haciendo de Michael Madsen), Tim Roth (haciendo de Christoph Waltz) o Bruce Dern, que saben aprovechar sus minutos de gloria.

El aire a novela de misterio enriquece, y mucho, a la película. Ocho personajes encerrados entre las cuatro paredes de una mercería donde nada es lo que parece, todos tienen algo que ocultar y puede percibirse en el ambiente que algo no va bien, que alguien está tramando algo y que hay que tomar precauciones rápidamente si no quieren que todo termine en un baño de sangre. La tensión va aumentando poco a poco, sin prisa pero sin pausa, hasta hacerse verdaderamente inaguantable. Imaginad los diez primeros minutos de Malditos Bastardos extendidos a una hora y cuarenta minutos. Lo cierto es que se pasan volando. Además, culminan en una escena que permanecerá grabada en la retina de todo aquel que la haya visto. Tan macabra como divertida. Tan estúpida como profunda. Tan necesaria como gratuita.

Entonces empieza la segunda mitad.

Y algo ha cambiado. Ésta ya no es la misma película de hace quince minutos. Se palpa en el ambiente. Cierta voz en off que no voy a destripar nos da las suficientes pistas como para ir anticipando que el tono va a tomar unos derroteros completamente opuestos a los que habíamos visto hasta ahora. Conforme va descubriéndose el pastel, la tensión da paso al humor negro que termina acaparando todo el protagonismo una vez la cinta se desata por completo en un festival de violencia y destrucción. A partir de aquí, lo único que puede hacer el espectador es:

a) Relajarse, reírse a carcajadas y disfrutar del espectáculo.

b) Cabrearse legítimamente por lo tramposo del guión y abandonar la sala furibundo ante la obscena pérdida de tiempo que acaba de presenciar.

Como os habréis imaginado, mi caso es más bien el primero. Pero eso no quita que entienda perfectamente a los que esto les parezca una tomadura de pelo. Después de todo, estamos hablando de una película de tres horas que avanza con una parsimonia muy consciente, que se quiere mucho y disfruta como nadie de sí misma, que establece un tono y unas reglas muy concretas para deliberadamente pasárselas por los huevos y destrozarlas sin piedad, cual piñata en una fiesta de quinceañera, durante una última hora cargada de sangre, vísceras y humor macabro sólo apta para incondicionales del director.

Nos podemos quejar de muchas cosas. ¿Sobra metraje? Para dar y vender. ¿La trama es tramposa y, en el fondo, no tiene demasiado sentido? Es más que posible. ¿Tarantino está sobrevalorado? Cuéntame algo que no sepa. ¿Si hubiera sido una cinta ligeramente más convencional se habría llevado algo más que dos míseras nominaciones a los Oscar? Desde luego que sí. Pero, ¿sabéis qué? Que así está mucho mejor. Porque para eso queremos a Tarantino, para que nos toque un poco las narices de vez en cuando. Es que, si no, ¿dónde estaría la gracia? 

The Hateful Eight es perfecta dentro de su imperfección. Macabra, divertida, con dos cojones como dos claveles y un enorme cipote negro por bandera.




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