The Revenant


«EL REVENÍO»

Después de lo mucho que me pirró Birdman, ardía en deseos de echarle un tiento al nuevo trabajo de Alejandro González Iñárritu, y ya una vez me enteré de que contaba con Leonardo DiCaprio y Tom Hardy en el reparto, apaga y vámonos. ¡Tenía que ver esta película sí o sí! 

Era uno de los acontecimientos más importantes del año, una de las claras favoritas para los Oscar, la gran oportunidad de DiCaprio de llevarse por fin la célebre estatuilla y de Iñárritu de ser el tercer director de toda la historia en ganarla dos años consecutivos. 

Tardé un poco más de lo deseable, ya que se me acumularon  losestrenos y mi presupuesto no daba para más, pero por fin conseguí echarle un ojo en pantalla grande a esta odisea cinematográfica.

Y me ha parecido UNA CASTAÑA.

No nos engañemos, The Revenant no es una mala película. No del todo al menos. No quiero ir de pedante, porque por mucho que algunos iluminados digan que sí, tengo la ferviente creencia de que el cine no puede ser juzgado objetivamente. Pero si conseguimos mantener la mente fría, rápido nos daremos cuenta de que tiene muchas cualidades redentoras que nos evitan hablar de un desastre de proporciones bíblicas. Y vamos a empezar por ellas.

Entre la tremenda fotografía de Emmanuel Lubezki y el enorme fetichismo por los planos secuencia de Iñárritu, desde luego The Revenant es una película que da gusto ver. La ambientación está conseguidísima y te sumerge sin problemas en la América salvaje. Combínalo con el aire acondicionado a mala hostia del cine y la inmersión será espectacular. 

Y, cómo no, a nivel actoral también estamos hablando de algo muy tocho. Leonardo DiCaprio lo da absolutamente todo —incluso más de lo que debería, pero ya volveremos a eso más tarde— en un papel que no es para nada agradecido y Tom Hardy se convierte en una bestia parda, en un villano despreciable y temible a partes iguales, con el que por difícil que parezca no cuesta empatizar de vez en cuando. Dohmnall Gleeson (que últimamente parece estar metido en todos los fregados) y Will Poulter también ofrecen unas interpretaciones a la altura, aunque se vean eclipsados por los otros dos titanes.

Entonces, ¿qué coño falla aquí? Si técnicamente es impecable, los actores están tremendos y la sensación inmersiva es total, ¿por qué me ha parecido tan terrible?





La respuesta es sencilla. The Revenant no es una película: es, a la vez, una lucha constante de egos para ver quién la tiene más gorda y el cebo para Oscar más desesperado que he visto en toda mi puta vida. Y no me molestaría, de verdad que no, pero por lo menos podrían haberse dignado también a que no fuera un tremebundo coñazo

No os voy a mentir, no ha sido la experiencia más soporífera que he tenido en una sala de cine porque ya vi Segundo Origen hace unos pocos meses. Pero si no fuera por el talento que hay detrás, el descalabro sería peligrosamente similar.

Y la película no empieza mal. Más bien al contrario. Después de una introducción que deja poco respiro gracias al buen pulso que tiene Iñárritu para las escenas de acción y que consigue poner las expectativas por las nubes, todo se derrumba a partir de la tan cacareada escena del osomal planteada, mal rodada, peor actuada y con unos efectos especiales que son para echarse las manos a la cabeza. Y lo que viene a partir de ahí va cuesta abajo y sin frenos. 

No exagero, todo el segundo acto de The Revenant consiste en ver a DiCaprio arrastrándose por el suelo, quedándose dormido mal, despertándose peor, volviéndose a arrastrar y volviéndose a dormir. Como si el guionista se hubiera olvidado de lo que es una elipsis, nos obsequia con un soporífero bucle interminable de hora y media que resulta, a todas luces, excesivo. Adornado, eso sí, con algunas escenas oníricas en las que Iñárritu se cree Terrence Malick con erótico resultado

Es en este acto cuando se nota especialmente la lucha de egos y la súplica por un Oscar de la que os hablaba antes.

«¿Que tú ruedas la película cronológicamente y en condiciones climáticas intempestivas? Pues yo me como un hígado de bisonte crudo. ¿Que tú babeas, moqueas y te pasas media película arrastrándote y gruñendo? Pues yo moqueo todavía más, ¡que no dejen de salpicar los fluidos a cámara!...»

Aun teniendo el potencial suficiente para ser un peliculón de tomo y lomo, The Revenant termina siendo un festival de cosas que realmente tampoco es que hicieran falta, pero luego queda cojonudo decir lo mal que lo han pasado rodándola y el enorme esfuerzo que les ha costado sacarla adelante. Algo así ocurrió en su día con Birdman y su —falso, que en realidad tampoco tenía tanto mérito plano secuencia, pero por lo menos en aquella ocasión el guión era acojonantemente bueno si le perdonábamos algún que otro delirio pretencioso.




Aquí no es que haya algún delirio pretencioso, es que he visto películas dirigidas por James Franco mucho más humildes que ésta. El libreto de The Revenant no parece haber sido escrito por un guionista reputado, sino que más bien resulta digno de un adolescente superdotado con carencias emocionales al que nadie entiende y que parece ansioso por que todo el mundo le admire por lo ingenioso de sus metáforas sobadísimas.

Y lo peor de todo es que después, en el tercer acto, la película vuelve a levantar el nivel con creces en un enfrentamiento final que nos evoca a los mejores westerns. No nos dura demasiado la alegría, lo bueno se hace corto y al final sólo es un pequeño destello del peliculón que podría haber sido si sus responsables no estuvieran tan subidos de humos. Al final nos ha quedado un envoltorio precioso plagado de buenos momentos que terminan siendo inundados por una abundante y maloliente oleada de mierda.

Dijo Iñárritu que lo que pretendía conseguir con esta cinta era «una experiencia de inmersión sensorial para que la audiencia pueda fundirse literalmente en la realidad que describe». Visto de esa forma, si su objetivo era que el espectador lo pasara tan jodido como su personaje protagonista, creo que lo ha logrado con creces.

Eso sí, por cada Oscar que se lleve me hago un corte en la muñeca.



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