Zoolander No. 2


Relax, don't do it...

Como fan acérrimo declarado de la primera parte que soy, sería de necio intentar ocultar que estuve durante más de diez años esperando el estreno de esta secuela como agua de mayo. Las expectativas estaban muy altas, pues se trata de la continuación de una de mis comedias favoritas de todos los tiempos —habrá gente soltando espuma por la boca tras leer esto último—, pero también tenía una confianza ciega y absoluta en que Ben Stiller no me decepcionaría. 

Y aquí os tengo que reconocer que tengo un problema muy gordo. 


Cuando Zoolander se estrenó, fue absolutamente vilipendiada por cualquiera que la viese, pero con el paso del tiempo se convirtió en una película de culto cada vez reivindicada por un mayor número de personas, lo cual propició el estreno de esta secuela pese al relativo fracaso taquillero de su predecesora. Lamentablemente, no creo que vaya a ocurrir lo mismo con Zoolander No. 2 ni de lejos. 

¿Y cuál es mi problema entonces? Que me ha encantado. Demasiado. Mucho más de lo normal. Mucho más de lo recomendable, incluso. Zoolander No. 2 se ha convertido, oficialmente, en la nueva película que pese a haberme fascinado en todos los sentidos, no me atrevería a recomendársela absolutamente a nadie por el riesgo de ser ingresado en un centro psiquiátrico inmediatamente después.

Sí, sé que a todos se os estará pasando por la cabeza que no será para tanto, que en cierto modo era exactamente lo mismo que pasaba ya con la primera. Pero no. Es que esto es peor. Mucho peor. Zoolander No. 2 es tan chunga, en términos puramente cinematográficos, que hace que Zoolander parezca El Padrino a su lado. 




Lo primero que llama la atención de la cinta es el enorme despliegue de medios en pos de la subnormalada más grande del que hace gala. Desconozco cuál habrá sido el presupuesto, pero si no ha sido cara de producir, desde luego lo parece. Esta secuela es más larga, más absurda, más espectacular, más ambiciosa y a una escala mucho más grande que la primera. 


Ayuda, y mucho, el hecho de que Ben Stiller dirija como los dioses. Siempre ha sido un director interesante estéticamente hablando, pero en esta película ha perfeccionado su estilo hasta límites insospechados. Lo propongo desde ya para encargarse de alguna producción de Marvel Studios, porque el empaque visual que tiene Zoolander No. 2 se caga y se mea en la mayoría de blockbusters que se han estrenado en la última década. Tampoco se queda corta en efectos especiales, algunos pretendidamente cutres para favorecer la comicidad y otros bastante logrados y resultones. 


El guión está escrito a pachas entre Ben Stiller y Justin Theroux, pero cualquiera diría que ha sido obra de un niño de cinco años hiperactivo, con déficit de atención y puesto hasta las cejas de  sustancias psicotrópicas. La película cambia de género constantemente según le plazca —a ratos es una cinta de espionaje a lo James Bond, un thriller conspiranoico nivel Ángeles y Demonios o directamente una película de cine fantástico con leyendas y profecías— y, como es de esperar, la trama no tiene ni pies ni cabeza. Va de cara, eso sí. Y con un ritmazo que no da respiro alguno. Se entrega por completo, desde el primer fotograma hasta el último, al humor más puramente lisérgico.

Sin tener ningún gag tan absolutamente brillante dentro de su propio absurdo como en la primera entrega, Zoolander No. 2 sí que tiene algún que otro momentazo para el recuerdo, destacando el accidentado paseo en coche o el asesinato de cierta estrella popera que abre la cinta. Pero cuando mejor funciona es cuando se centra en la innegable química entre Ben Stiller y Owen Wilson, a la que se le extrae todo el jugo posible. Particularmente hilarante es también todo lo relacionado con el hijo de Derek, la extraña pareja de Hansel o cualquier intervención de Mugatu.






De las nuevas incorporaciones, lo mejor que puedo decir es lo sorprendentemente poco que molesta Penélope Cruz —que no es santo de mi devoción, para qué nos vamos a engañar— y la grimaza provocada por el personaje de Kristen Wiig, aunque esté algo desaprovechada para mi gusto. 

Digno de mención es también el desorbitado número de cameos, aunque como ocurre en las peores entregas de Torrente, las cualidades interpretativas de más de uno puede provocar vergüenza ajena de la buena. Siempre resultan simpáticos, en todo caso, y harán que nos planteemos cómo puede ser posible que ciertas personas hayan accedido a aparecer en una producción de estas características.

A raíz de las primeras opiniones que he podido ir leyendo, parece ser que el hostión a nivel de crítica lo tiene más que garantizado. Todavía está por ver lo que opina el gran público, aunque mucho me temo que les va a parecer incluso peor. Dignos de admiración son los huevazos del señor Stiller por haber producido una película a sabiendas de que iba a ser odiada por el 99% de la población.

Y que conste que ser fan de la primera entrega no garantiza nada, aquí el nivel de absurdo y sordidez se ha multiplicado por cuatro, así que partimos de cero: aunque te haya gustado Zoolander, las posibilidades de detestar Zoolander No. 2 son exactamente las mismas —o quizá un poquito más, por aquello del factor nostalgia y las altas expectativas— que las de la gente normal. ¿Cuál es la parte positiva de todo esto? Que si te gusta no habrá término medio, te encantará.

Por una parte, me siento tremendamente afortunado de pertenecer a ese grupo. Por otro lado, sé que formo parte de una guerra que estoy destinado a perder. No se puede defender lo indefendible. Esto es así. Pero, en cierto modo, me da igual. Nadie va a quitarme lo mucho que la he gozado.

Es estúpida, es bizarra, es Zoolander

¿Qué más le puedo pedir?



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