Zoolander


Wake me up, before you go-go...


Ante el inminente estreno de la segunda parte, que yo ya he visto porque soy una persona exitosa a la que invitan a pases de prensa porque la gente tiene en cuenta su opinión, no como a vosotros,  que sois unos muertos de hambre indeseables cuya miserable vida os ha llevado hasta aquí a leer estas líneas ahora mismo consideraría un tremendo error no dedicarle un artículo a una de las comedias más infravaloradas de los últimos tiempos. Estoy hablando, cómo no, de Zoolander.

Es prácticamente imposible hablar con objetividad de esta película. En general, porque hablar de cine intentando ser objetivo ya es difícil de por sí. Y si se trata de comedias, resulta todavía más complicado ya que no hay nada más subjetivo que el humor. Pero aun teniendo en cuenta todo esto, Zoolander es un espécimen único y tremendamente polarizador. Es una de esas cintas que te encanta o la odias. Y no hay término medio posible.

Y lo mío con ella fue un flechazo.





No me malinterpretéis, ya sé lo mala que es. De verdad, no hace falta que me lo recordéis. Ya sé que, en el fondo, Zoolander no deja de ser una batería de chistes jodidos lanzados uno detrás de otro con mayor o menor fortuna durante hora y media, que la trama no tiene ningún tipo de sentido, que la sátira que plantea se queda a medio gas y la sutileza brilla por su ausencia. Resulta dolorosamente evidente que toda la premisa no es más que una excusa para que Ben Stiller, Owen Wilson, Will Ferrell, Christine Taylor y un desfile interminable de cameos se lo pasen en grande durante el rodaje.

Y aun así...

Por algún extraño motivo, soy absolutamente incapaz de no gozar de cada maldito segundo de este montón de basura. Algo bueno tendrá. 

Quizá sea por lo absurdamente bien que dirige Ben Stiller, por la enorme colección de temazos ochenteros repartidos en su banda sonora, todas las frases estúpidamente divertidas escritas en ese guión, esa estética de cómic en acción real en el que todo puede pasar, esos chascarrillos cargados de mala baba sobre la superficialidad del mundo de la moda y el daño que suele provocar, todas esas escenas que provocan carcajadas de pura incredulidad —el momento musical en la gasolinera, Zoolander parando un shuriken, el duelo de moda clandestino con David Bowie de juez— o, en general, todo lo que rodee al personaje de Mugatu.

O quizá sea sólo cosa mía.

Pero resulta curioso como, independientemente de que le haya gustado o no, casi cualquier persona que haya visto esta película la recuerda como si lo hubiera hecho ayer. La consideren una joya infravalorada o la peor bazofia parida por el cine norteamericano,  todo el mundo recuerda, como mínimo, alguna frase, algún personaje, alguna escena...

Algo tendrá. O no.




Al igual que ocurrió con otras películas como Anchorman o Wet Hot American Summer —casualmente, estrenadas más o menos durante el mismo periodo de tiempo—, pese a haberse labrado cierto estatus de película de culto y conseguir una secuela tardía, en su momento Zoolander fue absolutamente defenestrada por público y crítica

No es la primera vez que le pasa algo así a Ben Stiller, que años atrás ya estuvo a punto de cargarse la carrera de Jim Carrey en —la, por otro lado, también interesante e infravaloradaThe Cable GuySerá su manía por arriesgar, será que su marcado estilo personal como director no termina de ser tan accesible para el gran público como cuando se somete bajo las órdenes de directores mucho más convencionales, será su absurda tendencia de rodar las comedias más caras de la historia.

En cualquier caso, lo único que puedo hacer desde aquí es recomendaros que le deis una oportunidad a este pequeño clásico de la mierda. En el peor de los casos se os pasará rápido: es corta, es rápida y va al grano. Pero si conectáis con su sentido del humor marciano, lo más probable es que se convierta en una de vuestras películas favoritas. 

Aunque luego no sepáis explicar por qué. 

Aunque luego no os atreváis a decirlo en voz alta. 




La cara de vuestros amigos cuando se lo digáis...




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