Zootrópolis


Let it goat

Después de ver los primeros avances de Zootrópolis, lo primero que se me vino a la cabeza fueron sus enormes similitudes con la serie BoJack Horseman. No es que la idea de animales antropomórficos fuera precisamente novedosa, pero la ejecución era bastante semejante y algunos de los chistes parecían directamente calcados de la serie de Netflix. Lo más probable es que todo esto se trate de algo completamente accidental, pero lo menciono porque fue lo que me hizo entrar a la sala con ciertas reservas sobre lo que me iba a encontrar.

Por suerte, se me pasaron de golpe.

Porque, ideas prestadas —o no— aparte, el mundo que nos propone esta película es visualmente espectacular y está repleto de detalles ingeniosos. Quizá los estudios de animación de Disney no suelan sacarse la chorra tan fuerte y con tanta frecuencia como en Pixar, pero desde luego han sabido aplicarse y recortar distancias a marchas forzadas y pasos agigantados. La animación es tremenda, fluida, divertidísima y recargada de gags visuales en segundo plano. El mayor mérito, no obstante, está en haber sabido crear un universo con cierta coherencia interna pese a lo totalmente descabellado del concepto en sí mismo.




Pero aunque el envoltorio sea la mar de bonico, el resto de la película tiene que estar también a la altura. Y si no, que se lo digan a James Cameron. Que sí, que Pandora es una auténtica delicia audiovisual y con una mitología súper compleja e interesante, pero Avatar no deja de ser un remake de Bailando con Lobos protagonizado por pitufos en esteroides. En Zootrópolis, milagrosamente, el guión acompaña. Y acompaña mucho.

Si nos centramos en la trama en sí, nos encontramos con una parodia del género policiaco bastante conseguida, con tintes de buddy movie incluso, en la que lo más sorprendente es que los giros argumentales no se ven venir desde el minuto cero. Vamos a decirlo ya: como thriller policíaco funciona mejor que la segunda temporada de True Detective (como comedia un poquito menos, el bigotito de Colin Farrell sigue siendo más hilarante). Pero centrarnos en eso sería quedarnos sólo en la superficie. No podemos obviar que esto es una película de Disney y que, como tal, tiene moralina como para parar un tren contiene también una bella lección moral dirigida hacia LOS PEQUEÑUELOS de la casa.

Lejos del «lucha duro por tus sueños y conseguirás todo lo que te propongas» por el que temía que iban a tirar a raíz de lo visto en los primeros compases de la cinta, la moraleja final en realidad está más enfocada en contra de la discriminación y los prejuicios de cualquier tipo —sí, aquí nos hablan de especies, pero no cuesta nada extrapolarlo a las discriminaciones raciales o sexuales—. Esto es Disney, no son excesivamente sutiles al respecto, pero como mínimo es un mensaje positivo, necesario y que además no arruina ni entorpece la diversión.

Pero sin duda, el punto más destacable del guión son los chistes. Porque funcionan. Y cuando digo que funcionan, es que funcionan DE VERDAD. De carcajada pura y dura. No, no son chistecitos de mierda para niños pequeños unineuronales —no quiero señalar a nadie, pero Madagascar 3—, no. Son gags disfrutables para todos los públicos. En serio. No importa si eres un crío de teta o un friki gordicalvo con canas en los huevos: si ves Zootrópolis te vas a reír. Y no precisamente poco. Ya sea con la cantidad de detalles repartidos de fondo por los escenarios, con los ágiles y divertidos diálogos, la enorme cantidad de guiños cinematográficos y seriéfilos que hay —incluyendo pullitas a la propia compañía y referencias veladas a Breaking Bad— o por la ENORME escena de los perezosos funcionarios (tristemente destripada en la mayoría de tráilers y clips), el material cómico de este film es de primer nivel.



Ayuda, y mucho, un reparto de voces totalmente entregado a la causa. No tengo ni idea de cómo será la película doblada, aunque rezo para que no se la carguen demasiado, pero entre las voces originales nos encontramos con un Jason Bateman (Arrested Development) que parece haber nacido para hacer de zorro estafador y cabroncete, a una adorabilísima Ginnifer Goodwin (Once upon a time) en la piel de la primera coneja del cuerpo de policía y a un reconocible  e inspiradísimo Idris Elba (Luther) interpretando a un cliché andante como es el del típico comisario cabreado pero con la suficiente gracia para que no nos importe.

Naturalmente, no todo es perfecto. Algunos bajones de ritmo en su segunda mitad, un numerito final bastante lamentable con una Shakira metida con calzador (pese a protagonizar, indirectamente, algún chistecillo simpático) y más de un cliché que podría haberse evitado —normalmente lo perdonaría, y más siendo una película de Disney, pero en ésta esquivan y/o saben darle la vuelta a muchos otros tópicos de un modo tan inteligente y divertido que cuando ponen el piloto automático se les nota mucho más que si el guión hubiera sido consistentemente convencional de principio a fin— impiden que esta cinta sea la pequeña joya que podría haber sido.

En definitiva, Zootrópolis no marcará un antes y un después en el cine de animación y seguramente ni siquiera formará parte del imaginario colectivo como muchas otras películas que quizá se lo merezcan menos —no quiero señalar a nadie, pero los putos minions, pero sin embargo ofrece una buena colección de carcajadas para toda la familia, un guión lleno de sorpresas, un auténtico deleite visual y una moraleja la mar de fina. Si tenéis la oportunidad de verla, no lo dudéis. Pasaréis un rato cojonudérrimo.




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