Anomalisa


Girls just wanna have fun...


Me cago en Pixar.

De acuerdo, Inside Out es una película excelente y mentiría si negase la ingente cantidad de lagrimones que derramé viéndola, rozando incluso el riesgo de fallecer por deshidratación. Sé que la veré una y otra vez y seguirá gustándome, que siempre tendrá garantizado un pequeño hueco en mi corazón. 

Pero Anomalisa es mejor. 

Y el Oscar era suyo.

No fue la peor decepción de todas las que me llevé el pasado domingo, ni muchísimo menos. No dejó de dolerme el ninguneo a Sylvester Stallone por su papelón en Creed, el hecho de que Mad Max: Fury Road sólo haya sido reconocida en las categorías técnicas, que ganase la insufrible canción de Sam Smith o que DiCaprio se haya llevado el Oscar por la que seguramente sea su peor actuación desde Critters 3.

Pataletas aparte, aquí hemos venido a lo que hemos venido: a hablar de animación bajonera. 

Todo aquel que haya tenido la oportunidad de ver Eternal Sunshine of the Spotless Mind (me niego a llamarla ¡Olvídate de mí!, porque entonces sólo pienso en la canción de Iguana Tango) o Being John Malkovich, sabrá perfectamente cómo se las gasta el señor Charlie Kaufman, uno de los mejores guionistas estadounidenses que ha parido madre. Sus obras siempre gozan de un insano equilibrio entre surrealismo, humor amargo y pochedumbre.




En cuanto llegó a mis oídos la noticia de que Charlie Kaufman se aliaba con parte del equipo creativo de Community, mi erección sólo podría compararse en dimensiones a la Gran Muralla China. Kaufman junto al director Duke Johnson —artífice del magnífico especial navideño de la segunda temporada—, el productor ejecutivo Dino Stamatopoulos y el showrunner Dan Harmon pusieron en marcha una campaña de crowdfunding para financiar un mediometraje en stop-motion sin que hubiera ningún gran estudio implicado y pudieran así tener toda la libertad creativa que necesitaban. 

La única razón por la que me siento un poco menos sucio al pensar que no llegué a tiempo para aportar mi granito de arena en dicha campaña es saber que consiguieron duplicar su meta inicial sin demasiados problemas, ampliando entonces las ambiciones de su proyecto y convirtiéndolo en el espléndido largometraje que hoy nos ocupa.

Después de un largo tiempo —casi tres años, si no me equivoco— siguiéndole la pista muy de cerca y aun así recibiendo información a cuentagotas, por fin tuve el placer de sentarme en la butaca para ver si Anomalisa estaba a la altura de las enormes expectativas generadas. Lo mejor que puedo decir es que el resultado final ha sido tan inesperado como fascinante.

Recomiendo encarecidamente enfrentarse a Anomalisa sin ningún tipo de idea preconcebida, pues puede llevar a decepciones bastante razonables. No leáis la sinopsis, no veáis el tráiler, no leáis las críticas. Sería una tontería, porque cualquier cosa que sepáis de la cinta no puede prepararos en absoluto para lo que Kaufman y Johnson han rodado. Lo más seguro es que os sintáis perdidos durante los primeros veinte minutos, pero no tardaréis en ir atando cabos si os dejáis llevar y conectáis con la arriesgada propuesta.

Porque, todo hay que decirlo, no es una película fácil. El ritmo es pausado, el tono surrealista, los personajes no son especialmente queribles y la historia que nos cuentan resulta de lo más triste y descorazonadora. Nos encontramos aquí con el Kaufman más pocho desde la ya mencionada Eternal Sunshine of the Spotless Mind

Quien la haya visto sabe que eso son palabras mayores.

Anomalisa necesita un tiempo de reposo y asimilación después de su visionado. Es de esas películas que, cuanto más las repasas en tu cabeza, más te gustan. Y más te destrozan por dentro, huelga decir.



Aunque seguro que será la mierda más sobada que leeréis en casi cualquier crítica de este film, lo cierto es que de primeras llama mucho la atención el hiperrealismo de su animación. Nunca había visto nada parecido con esta técnica. Lo primero que se plantea el espectador es por qué han decidido rodar Anomalisa en stop-motion si al fin y al cabo terminan pareciendo actores reales. No se tarda demasiado en descubrir el motivo por el cual esta película no habría funcionado tan bien en otro formato, pero es imposible no quedarse picueto a primera vista.

Sin ánimo de destripar más de la cuenta, el reparto de voces es también fantástico. Jennifer Jason Leigh, no contenta con el papelón que nos ofreció en The Hateful Eight, también nos obsequia aquí con una interpretación acojonante de principio a fin. David Thewlis tampoco se queda muy atrás, pero desde luego el que se lleva la palma es el inmenso Tom Noonan en el que posiblemente sea el papel más difícil de toda la película. 

Los personajes son retratados desde una fría distancia autoimpuesta por las propias reglas de la cinta, pero aun así resulta imposible no empatizar con ellos pese a que sus comportamientos sean deplorables en muchas ocasiones. 

Es una película de Charlie Kaufman, insisto, parece una tontería tener que aclarar que el guión es magnífico porque hasta su peor película se saca siempre la chorra en ese aspecto. Pero hay que decirlo. Aquí se ha marcado un guión hipnótico, atrapante, humano, triste y extrañamente divertido por momentos.

Entre toda la pochez que impregna el metraje, resulta inesperado encontrarse con algunas notas humorísticas bastante efectivas. Se nota aquí, sospecho, la mano de Dan Harmon, ya que su sentido del humor es muy reconocible. Anomalisa está muy lejos de ser una comedia, como he llegado a verla catalogada en alguna parte, pero se agradece que evite también ser un completo dramón por el bien de la integridad emocional del espectador.

No me sorprenderá demasiado saber que esta anomalía pasará completamente desapercibida para el gran público, más allá de algún que otro espectador despistado al que le parecerá un tostón de cabo a rabo. Pero quien sea capaz de desprejuiciarse sabrá valorarla como lo que es: una auténtica joya de la animación en particular y del cine en general.




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